CLEOPATRA, EL TRATO

CLEOPATRA 


EL TRATO

Francis Prieto

Gaucín, diciembre de 2021




Francis Prieto con la burra Cleopatra, en la puerta de su casa en la calle Toledillo, Gaucín.
Foto: Inma Prieto (años 80)


 

 Parecía que se bañaba con su propia leche, a pesar de sus años tenía una piel suave y brillosa. Cuenta la leyenda que Cleopatra se bañaba con leche de burra para nutrir su piel en profundidad, con el objetivo de mantener su aspecto joven y reluciente. 

 Cleopatra estaba delgada y se le notaban las costillas, apenas si podía mantener las orejas erguidas veinte segundos cuando quería prestar atención a cualquier sonido, su cabeza casi tocaba el suelo como si no pudiera sujetarla. 

 Por la mañana muy temprano, el día de la romería del pueblo, Juan y su hijo menor fueron a buscar a Cleopatra; le pusieron la jáquima de gala con preciosas borlas rojas, tenía mosquero tricolor y orejeras bordadas con hilo rojo y amarillo, también la aparearon con bonitos mandiles y baticola bordada. El hijo de Juan vestía pantalón a rayas, camisa blanca y chaleco a juego con los mandiles del aparejo, tocado con un catite con madroños negros por adornos, de calzado, botillos camperos con polainas de cuero color avellana.

 Los tres partieron para el lugar de la romería, a unos tres kilómetros del pueblo, Juan andando y su hijo montado en Cleopatra, llegaron antes que nadie y una vez allí, buscaron un buen castaño que diera buena sombra para atar a Cleopatra debajo, así, se mantendría fresca sin desfallecer.

 Sobre la una del día, la romería estaba en todo su apogeo, familias enteras bajo la sombra de los castaños compartiendo ricos platos ya cocinados, vino y cerveza fresca. Los caballistas se pavoneaban con sus bestias bien engalanadas, mostrando en público sus habilidades de equitación y manejo, mientras que los tratantes compartían opiniones sobre las cualidades de menganito y su caballo o fulanito y su yegua, opiniones desde la distancia, apoyados en la barra del bar portátil que se encontraba en medio de los castaños, momento ideal para exhibir a Cleopatra e intentar cumplir la misión por la cual la habían llevado hasta allí. Subiendo una pequeña cuesta que Cleopatra casi no podía superar, el hijo de Juan apareció montado en ella llegando hasta la misma barra del bar, allí esperaba Juan, con amigos y conocidos venidos de diferentes pueblos y cortijos cercanos, con la intención de disfrutar de la romería y la ilusión de hacer algún buen trato vendiendo o comprando. Juan se acercó a Cleopatra para mostrar a sus amigos la nobleza que la burra tenía; le acarició las orejas y el pecho, alzó sus patas del suelo una a una golpeando con una piedra los cascos, por último, se sentó sobre los corvejones de las patas traseras del animal empinando su copa de vino para tomar un sorbo, Cleopatra apenas si se inmutó. Juan le indicó al hijo que diera un paseo corto con ella, para exhibir una vez más la nobleza de la burra, alardeando de que un niño con menos de doce años la podía manejar sin dificultad.

 De repente un hombre, vecino del pueblo de al lado, con patillas largas y negras, tocado con ancho sombrero, apuró el último sorbo de su copa de vino, cogió fuertemente la mano de Juan y preguntó:

–¿Cuánto quieres por la burra?

A lo que Juan respondió:

 –Esta burra como ves, es un portento, tendrás que pagarla bien si de verdad la quieres comprar, es la admiración de toda la romería.

A lo que “El Patillas” insistió:

 –¿Cuánto quieres por ella?

–Para no andarnos con rodeos, respondió Juan, –si me das cincuenta mil pesetas, sin soltar la mano, tuya es.

 El hombre de patillas largas y negras, sin pensarlo ni siquiera un momento, y quizás eufórico por los efectos del alcohol, respondió:

–¡Pues mía es!

 Los dos hombres cerraron el trato, Juan y “El Patillas” conformaron que Cleopatra sería entregada a la mañana siguiente en el pueblo.

 La romería siguió su curso, comida y bebida bajo los castaños, algún que otro trato más en el bar improvisado, bailes de pasodobles tocados con un acordeón, cantes flamencos sin guitarra, espontáneos, el juego del poster de madera engrasado con un jamón colgando del extremo superior para quien consiga trepar por él y quedárselo, terminando con las típicas carreras de cinta a caballo y en motocicleta.

 La nueva mañana llegó, Cleopatra se encontraba exhausta de todo el trajín que tuvo el día anterior con la ida y vuelta a la romería, estaba descansando echada sobre una cama de paja que Juan le había preparado en el patio de la cuadra. Llegaron Juan y “El Patillas”, preparado para llevársela, Cleopatra hizo un amago de ponerse en pie, pero le temblaban las patas y no consiguió incorporarse ante la presencia de su nuevo dueño. Juan, le colocó rápidamente una martaguilla y tiró del cabestro con la intención de ayudarle a levantarse, Cleopatra con un esfuerzo impetuoso logró ponerse en pie, se sostenía a tres patas, dejando la cuarta semi apoyada en el suelo con la cadera ligeramente desplazada hacia arriba sin poder mantenerse, inclinó la cabeza hacia el suelo casi tocándolo con el hocico para mantener el equilibrio, más sus orejas heladas parecían como dos hojas de aspidistra secas.

 La cara de “El Patillas” era exactamente un poema, callado, sin mediar palabra, había observado detenidamente a su Cleopatra, como si lo que estaba viviendo fuese un sueño de mal gusto, volviendo en sí de nuevo, se dirigió a Juan de esta manera:

–Juan, ¿de verdad que esta es Cleopatra?  

 Juan respondió:

–Sí claro, esta es Cleopatra, puedes comprobarlo en su boca, ayer se la miraste detenidamente, verás que es ella.

–Pero Juan, por favor, asintió “El Patillas”, –no pretenderás que vaya a presentarme en mi casa con este animal; llevo más de treinta años dedicándome al trato de la caballería y jamás me había ocurrido algo así, debo de confesar que tus habilidades como tratante son sorprendentes, claro está que llevas toda tu vida en esto y esta vez, esta vez me ha tocado a mí.

–Vamos hacer una cosa Juan, continuó “El Patillas”, –un trato es un trato, así que voy a pagarte lo que te debo, pero con la condición de que este animal se queda aquí.

–Bueno hombre, dijo Juan, –Cleopatra es una buena burra, es ideal para los niños, es muy noble y tranquila, seguro que te alegrarás de haberla comprado.

–Juan por favor, no me tires más de la lengua, respondió “El Patillas”, –aquí tienes tus cincuenta mil pesetas, te quedas con el dinero y con la burra, que yo me quedaré con lo que he aprendido y me iré por donde he venido.

 

A la memoria de Juan Gálvez Gónzalez “El Pajuelo” (1933 – 1995).  Propietario del mítico Bar “El Pajuelo” y tratante de Gaucín.

 




Juan Gálvez González "El Pajuelo" (con uniforme del servicio militar).






Juan Gálvez González "El Pajuelo" junto a su esposa Ana Rondón Mateos 
y sus hijos Cristóbal, María y Juan Gálvez Rondón.






Juan "El Pajuelo" con su nieto Francisco Javier Gálvez Márquez, 
en la puerta de su Bar "El Pajuelo", Gaucín.






Juan "El Pajuelo" con su tractorista Juan Corbacho Muñoz, Gaucín.






Juan "El Pajuelo" con su hijo Cristóbal Gálvez Rondón. 
De figurantes vestidos de soldados para la película americana; Eleni (1985),
 del director Peter Yates. Rodada en Algatocín y Gaucín entre otros lugares.





AGRADECIMIENTOS:

A mis maestros; Manolo Muñoz Pérez (propietario del picadero La Morena de Gaucín), a Cristóbal Gálvez Rondón “El Pajuelo" hijo y a Antonio Andrades San Juan.

Con las siguientes imágenes que a continuación expongo, agradezco a mis maestros en el campo de la equitación y el trato con la caballería, tantos momentos vividos y compartidos con los caballos. Agradezco el aprendizaje con cada uno de ellos en los años de mi juventud, y por haberme guiado y enseñado todo lo bueno de la crianza, manejo y trato a “Las Bestias". Sirva este ramillete de instantáneas que a continuación presento como pequeño homenaje personal hacia ellos.




Francis Prieto con la potra de nombre Candela (propiedad de Andrés Andrades San Juan)
Foto: Inma Prieto (Picadero La Morena de Gaucín), años 80.






Manolo Muñoz Pérez en la puerta de su casa con uno de sus caballos.
Foto: Francis Prieto. Gaucín, enero de 2019.






Cristóbal Gálvez Rondón con su caballo perla, de nombre Capricho.






Antonio Andrades San Juan con su yegua de nombre Bravía y Francis Prieto con la yegua Graciela
Foto: Santos Prieto Martín. Picadero La Morena, Gaucín, años 80.






Cristóbal Gálvez Rondón con su caballo tordo de nombre Isleño. Gaucín.






Juan Luís Gálvez Márquez (hijo de Cristóbal Gálvez Rondón, "El Pajuelo" hijo), 
con la yegua de nombre Rosa Linda.






Francis Prieto con uno de los caballos del picadero La Morena de Gaucín.
Foto: Cristóbal Montero Portilla, años 90.












    







 

 

  

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